PALOMA... Ni una menos (Lic. Adriana Santagapita).

Ella, Paloma, está en su balcón pintando las paredes llenando de colores los oscuros recovecos de su alma. Ahí es libre, no piensa, solo traza formas que alivian. Se escucha suave pero claro desde la computadora un tema de Gabo Ferro:

“Para traerte a casa te he escrito un cuento.

Un cuento que ha germinado entre el deseo y el tiempo.

Donde un cazador lastima a una paloma dormida.

No tira para matarla, tira solo para herirla.”

Y le resuena, haciendo un recorrido por algunos tramos de su vida donde reconoce claramente ahora, los dos lados de lo perverso. Por haberlo vivido en millones de escenas impregnadas de pena.

Un lado. La paloma dormida. Sin su consentimiento no hay escena perversa. Consentimiento que viene de la ilusión del amor que no deja ver el engaño de la trampa. El que se fue forjando en momentos en que “entre el deseo y el tiempo” se interponen los recursos de supervivencia que vacilan. Tal vez sostenidos en la locura vivida desde niña donde no es clara la línea que separa el amor del odio. Por eso se confunde tanto. Y se arrastra hasta la adultez con esa constante de ilusiones/desilusiones repetidas infinitesimalmente. (Pero no para siempre).

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Otro lado, el cazador que lastima. A veces cuando quiere y sabiendo consecuencias, otros también tomado por sus propios momentos de locura. Pero puede repetirlo porque es sordo cuando el amor llama e insiste en invitar a volver a empezar.

No le interesa ya entender argumentos emocionales del cazador. Ya entendió demasiado y no sirvió, claramente. Porque hay señales inocultables que vienen de la mano de la angustia y desolación, de la perdida de sí misma. Paloma herida que no muere porque conserva en otros momentos su deseo de estar viva. Y su fuerte convicción de reencontrarse con su calma para volver a parirse desde sus propias entrañas, esta vez.

Cuando un cazador tira, sabe dónde pegar, porque eso también es rasgo de los momentos donde el perverso comanda. Conoce su presa porque ella se muestra franca e inocente de las intenciones más oscuras. Cuando está herida y vulnerable es más sencillo ser quien heroicamente rescata, cuida, devuelve la armonía perdida. Promete, abraza, consuela, pide disculpas, parece dejarse convencer de las intenciones de la paloma, y sumarse a sus intentos de vuelo.

Cuando la paloma decide recibir esta ofrenda aparentemente amorosa, cede. Cree. Apuesta. Renueva el vuelo aunque cada vez vuela más bajo, más cerca de la tierra y más lejos del cielo. Porque parece jugársele la idea de que el amor la dejara sin amor. Y quien sabe qué pasará si está sola, sin el guardián carcelero que la confunde tanto.

Un día ve. Deja de estar confundida. Con-fundida. Fundida con el otro. Si quien te hiere, te “cura”, eso no es cuidar. Se entera. No sin ayuda, sin animarse a soltar la voz a quien pueda escucharla en su sintonía. Deja de insistir en mover al otro de su posición acuñada con vehemencia, y empieza su danza de ave fénix, para intentar, esta vez, de una buena vez, escribir su propio cuento. Donde no haya cenizas de donde renacer.

Ya está. Puede retomar sus trazos y su vuelo. Puede intentar volar hasta donde sus alas lleguen.

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